Luego de 12 años de silencio, la banda integrada por Werner Schneider, Tomás “Boui” Vilche, Tulio Simeoni y Lucas Borthiry volvió a subirse a un escenario del que nunca deberían haber bajado. Pero el pasado es eso, pasado, y La Patrulla Espacial volvió a ser presente. Su regreso fue celebrado por más de 1.200 personas que, durante dos noches llenas de riffs de guitarra y canciones entrañables, sintieron que una esperanza flotaba en el aire y traía consigo un mensaje que rezaba: “No todo está perdido”.

18:00. Estamos en un bar a pocos metros de CDG, donde se lleva a cabo la “Previa Espacial”. Un grupo de periodistas hace una suerte de streaming en el que charla sobre la banda de rock and roll más importante que dio el indie platense y que, luego de 12 años de silencio, volverá a subirse a un escenario con su formación original. El bar se llama FELMA y el chiste se cuenta solo: apenas llegamos con mis amigos, vemos el cartel. A la vez, lo tomo como una señal. ¡Volví al cuadrado y hoy toca La Patrulla Espacial!
18:20. Primeras cervezas. Me cruzo con excompañeros de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social, con excompañeros de trabajo del diario Hoy y de Radio Universidad, y siento de repente que está pasando. Está sucediendo otra vez. Volvemos a hablar de amistad, de autogestión y de la necesidad de poner al rock and roll sobre la mesa de esta vertiginosa y poco profunda escena musical. Como un oasis de verdad en un cielo lleno de estrellas pero que no se bancan la noche.
Los silencios se llenan con frases incompletas de canciones de la banda que hoy nos convoca. He aquí la magia de este juego. Es inevitable. Soltamos un “No me importan…”, reímos y seguimos.
20:30. Hace apenas 20 minutos que abrieron las puertas de este lugar que supo ganarse el corazón de los platenses, frente a la hermosa Estación Provincial, sobre la calle 71. El staff de Sifón Producciones tiene todo aceitado y despliega una feria de merch a la altura de las circunstancias. Esta productora hermosa y corajuda lleva adelante el evento con el amor de las cosas simples: el respeto al rock y a una época de nuestras vidas marcada por “Boogie en la Luna” y “Todos los Ocasos”, en los albores de 2009 y 2010.
21:00. Más cerveza. Un silencio. “Desordennn…”. Ya no falta nada y la gente empieza a impacientarse. Cantan, aplauden, se abrazan. Pasó mucho tiempo sin ese sonido que no sabíamos cuánto necesitábamos hasta que dejamos de tenerlo.
La Patrulla Espacial nació de una especie de paradoja: hacer una música profundamente arraigada en la tradición del rock argentino y, al mismo tiempo, sonar como si llegara desde otro planeta. En sus venas conviven el blues eléctrico de Pappo, el peso del hard rock setentista, la hipnosis de la psicodelia y las extensiones instrumentales del stoner. Pero no se trata de una banda que cita sus influencias para reconstruir un pasado glorioso. Su apuesta siempre fue llevarlas hacia un territorio propio, espeso, volado y, por momentos, amenazante. El riff funciona como una coordenada; la repetición, como un motor que despega lentamente hasta perder de vista la tierra.




22:10. La pantalla detrás de los instrumentos se tiñe de un rojo pleno y, en el medio, un círculo naranja dibuja una especie de sol que vuelve a alzarse frente a un público que, a esta altura, está completamente extasiado.
Suenan los primeros acordes de “Días futuros”, seguidos por los de “Carretera perdida”, ambos temas de su disco homónimo de 2011. Fuerte al medio. Hay mosh, hay pogo, hay gritos y hay cientos de personas que abren el pecho y se descargan cantando cualquiera de las 25 canciones que la banda preparó para estos primeros dos shows en La Plata. Veinticinco temas que recorren su discografía, incluidas las canciones del nuevo EP, Jugando con fuego, editado bajo el sello Grupo Local Discos.
Tomás, Lucas, Tulio y Werner se sonríen y agradecen, envueltos en un manto de humo blanco que no remite a la elección de un papa, sino, más bien, a la reencarnación de Pappo.
Los amigos que estuvieron distanciados por razones que en esta crónica no nos interesa contar, vuelven a encontrarse porque así lo quiso el destino y porque la música, inscripta en su ADN, así lo pedía. El resto es historia, pero también es presente y, sobre todo, futuro. Porque si algo dejó en claro la vuelta de La Patrulla Espacial es que hay sonidos que no se apagan con el paso del tiempo ni vínculos que se rompen con el silencio. El rock sigue siendo esa piedra fundamental alrededor de la cual nos encontramos, nos reconocemos y volvemos a abrazarnos. Una excusa para estar cerca, para compartir una bebida, para cantar hasta quedarnos sin voz y para recordar que, incluso cuando el camino se pone cuesta arriba, siempre hay razones para seguir adelante.
Y en medio de todo esto, siempre está La Plata. La ciudad está presente una vez más como escenario y refugio de estos encuentros. Una ciudad que sabe de guitarras encendidas, de autogestión, de amistades que resisten y de canciones que se niegan a quedar en el pasado. Durante dos noches, La Patrulla Espacial volvió a poner todo en movimiento. Y quizás de eso se trate, después de todo: de volver a sentirnos parte de algo, de reconocernos en un riff, de sentir que todavía hay algo que nos une y de entender que, mientras haya una banda dispuesta a tocar y un puñado de personas abiertas a congregarse alrededor de su música, el rock and roll seguirá teniendo sentido.
La nave volvió a despegar. Y nosotros, una vez más, estábamos ahí.
4:30. Escena perdida. Fin.



