Viajeros cargan valijas enormes, otros llevan lo justo. Cuando le tocó irse al exilio, a San Pablo, un joven psicólogo tucumano no llevó mucho más que una guitarra, que en cada peña y en cada reunión le abría la puerta. Cuarenta años después, el equipaje es otro. Son más de 200 composiciones, siete discos y dos libros, pero cuando sube a un escenario sigue viajando liviano.
Ese viajero es Juan Falú, que vino a Neuquén con lo de siempre, la guitarra y la memoria.
Guitarrista y compositor nacido en Tucumán, sobrino del gran Eduardo Falú, Juan cumple este año seis décadas de música. Tocó por primera vez en público en 1966 y grabó su primer disco, «Con la guitarra que tengo», en 1986. En el medio fue psicólogo, militó y vivió el exilio en Brasil. Ahora presenta «Como otros Juanes», una obra de siete discos temáticos y dos libros de partituras editados por las universidades nacionales de Tucumán y de Villa María. Con ese catálogo a cuestas pasó por el Teatro de al Lado, con Atilio Alarcón como invitado.
¿Alguna vez dejó de tocar?
Nunca. Agarré la guitarra a los siete años, cuando mi viejo me enseñó los acordes de «Venderé unos ojos negros», y no la solté más. Pero no lo pensaba como un destino ni como un oficio. Era por ganas de tocar nomás.
¿Cómo arma un concierto después de sesenta años de repertorio?
Yo voy con la guitarra y la memoria. No voy con un repertorio preestablecido, sino con todo, y voy seleccionando. Hay temas míos, clásicos del folklore y alguna cosa nueva. Sigo componiendo, con menos urgencia que antes. La guitarra me da ideas, y la mayoría se va, pero algunas se quedan.
Entre aquel chico de siete años y el primer disco pasaron dos décadas largas que no figuran en ninguna discografía. Falú estudió psicología, atendió pacientes durante unos cuatro años, militó en el peronismo revolucionario y tuvo que exiliarse en San Pablo. Volvió en 1984.
¿Qué lugar ocupaba la guitarra en esos años?
Yo era un inútil si no tenía la guitarra. Era mi carta de presentación. Tocaba en reuniones, en peñas, pero no como profesión. Dicho en términos de psicoanálisis, era mi acompañante contrafóbico.
¿Y cuándo aparece el Falú músico?
Cuando decidí no seguir con la psicología. Al volver ya tenía un cuerpo de composiciones propias, y eso me daba un perfil de guitarrista con una manera propia de componer. Al año grabé «Con la guitarra que tengo», todo con temas míos, y ese disco abrió un camino que sigo hasta hoy.
En «Como otros Juanes» hay un disco que rompe con todo lo anterior, «Siete temas a ciegas con la Gibson de César». El César del título es César Silvam, el ingeniero que lo graba desde hace unos veinte años y que también es guitarrista. Sabía que a Falú le gusta improvisar, así que le puso en las manos una de sus eléctricas.

¿Cómo fue tocar una Gibson?
Fue un acto de una enorme irresponsabilidad. Yo no toco la eléctrica, no uso púa y las cuerdas están tan juntas que cuesta digitarlas. Pero me encantó el sonido. Escuchar cómo los acordes tienen una resonancia diferente, mayor, mucho mayor que la de la guitarra española. En un tema como «Vidala del que no está» eso se nota mucho. Lo que me quedó pendiente es la parte melódica, que pide púa.
¿Qué significa ver toda la obra editada?
En la pandemia me puse a revisar lo que tenía y son más de 200 composiciones. Juani López, que fue alumno mío, armó un catálogo con la fecha y la historia de cada una, y se lo propuse a dos universidades públicas, la de Tucumán y la de Villa María. En el libro puse que ser Falú es como un mandato para hacer música y ser Juan es un modo de vivir la música. Eso es lo que me quedó claro y me dejó muy tranquilo. Que hice un camino y que lo hizo Juan. Y ver toda la obra ahí da como una tranquilidad.
Sesenta años después de aquel primer concierto, el equipaje está por fin desarmado y ordenado en partituras, notas y discos, con fecha y nombre para cada tema. Y sin embargo, cuando se sienta frente al público, Falú sigue haciendo lo mismo que en San Pablo. Abre la guitarra, revuelve la memoria y elige sobre la marcha qué sacar primero.






