Hay relaciones que empiezan con una mirada y otras con un video de un minuto que aparece en el teléfono en plena cuarentena. Hay músicos que pasan media vida tocando en las bandas de otros, felices, sin animarse nunca a dar el paso de tener una propia. Y hay citas que se postergan años por miedo, hasta que un día alguien dice que sí y resulta que la química estaba ahí desde siempre.
Esa es, más o menos, la historia del power trío de Javier Malosetti, un bajista que tocó en tríos con su padre, con Spinetta y con media escena del rock argentino, pero que recién ahora se dio el gusto de armar el suyo.

Hijo del guitarrista Walter Malosetti, Javier se formó entre el jazz y el rock, y pasó ocho años como bajista estable de la banda de Luis Alberto Spinetta. Después vino una larga carrera solista, con La Colonia como último cuarteto. Hoy encabeza un trío con Bruno Di Lorenzo en guitarra y el uruguayo Mateo Ottonello en batería, la formación con la que llegó a Neuquén. En su paso, hablamos de miedos, de Instagram, de una mano rota y de un disco que está a mitad de camino.
¿Por qué tardaste tanto en tener un trío propio?
Toqué en muchos power tríos, pero de otros. Con Luisito tocamos en trío, con mi viejo tocábamos en trío de guitarra, bajo y bata, y con Balta (Comotto) y el Tuerto Wirtz también. Y me encanta escuchar ese formato. Los tríos de Jimi Hendrix, Divididos, Los Socios del Desierto, todos me gustan. Me gusta esa inevitabilidad de terminar sonando poderoso, eléctrico, no hay vuelta que darle. Pero le tenía un miedo terrible al trío propio, porque siempre toqué con tecladistas. El tecladista toca un bajo y yo puedo tocar arriba, y toca un órgano, unas cuerdas, unas trompetas.
¿Y qué te hizo perderle el miedo?
Yo venía de La Colonia, que era un cuarteto de teclado, guitarra, bajo y batería. Cuando Milton (Amadeo) se volvió con su familia a Bahía Blanca, me quedé sin tecladista. Seguí con algunos cambios y después La Colonia se empezó a descajetar un poco (risas). Uno no venía, venía otro, cambió de violero muchas veces y me cansé. Me parecía reloco mantener el nombre de una asociación que siempre era movible. Pensaba en el parque tecladil, digamos (risas), y no me cerraba nadie que no estuviera laburando en el mainstream, con cuatro meses de ensayo y cuatro de gira. Entonces dije ya está, ya fue, hagamos un trío con guitarra, donde el violero pise el octavador para abajo, yo pise para arriba y nos vayamos cambiando los roles. Nos vamos a re divertir. Y así fue.
La formación se armó como se arman las mejores parejas, un poco por casualidad y un poco por insistencia. A Mateo Ottonello, baterista uruguayo, Malosetti ni lo conocía en persona. A Bruno Di Lorenzo lo había descubierto mirando videos en Instagram durante la cuarentena.

¿Cómo llegaron Bruno y Mateo?
A Mateo no lo busqué, me llamó él. Estaba armando un trío con un tecladista que se llama Augusto Durañona, que es un gran amigo, y me invitó a formar parte. Le dije que sí, pero con una condición, que él tocara en el mío. Así que soy el bajista de su banda, cosa que además me halaga, porque en Uruguay hay bajistas de lujo. Son dos músicos muy jóvenes, de 30 y 28 años, y yo me tomo el Buquebus para ir a tocar con ellos feliz de la vida. Ni nos conocíamos, nos saludamos en el primer ensayo. Con Bruno fue distinto. Lo descubrí en Instagram en épocas de cuarentena y me hice fan de los videitos que colgaba. Sí, me lo levanté por Instagram (risas). Y resultó, la primera cita funcionó.
“Siento que estamos en el prime de la relación entre los músicos, artísticamente hablando. Nos encontramos cohesionados y con un sonido logrado que me enorgullece mucho”.
¿En qué momento está el trío hoy?
En su esplendor. Siento que estamos en el prime de la relación, artísticamente hablando. Nos encontramos cohesionados y con un sonido logrado que me enorgullece mucho. Al principio me sonaba extraño, y es muy loco que me pase, lo sé, porque guitarra, bajo y bata es un formato clásico. Pero mis temas tocados así me sonaban raros. Ahora estoy recopado, porque el violero es como un tecladista, puede tocar la melodía y los acordes, escucha todo, no sé cómo hace. Es un genio. Podemos reversionar música que me gusta y que no sabía que podía funcionar tan bien en trío. En el show adelantamos material nuevo, tocamos temas de otros discos míos que me gusta seguir tocando y siempre hay lugar para algún homenaje. No covers, sino una nueva mirada a algo de Luisito, de Ray Charles, de Jimi Hendrix.
Pero el romance tuvo su tropiezo. En mayo, en Los Ángeles, Malosetti se cayó con un Fender de 1965 en las manos. Para que el bajo no sufriera, puso el cuerpo, y se fracturó la mano izquierda, la que pisa las cuerdas. Fueron unos tres meses de recuperación hasta el primer show después de la operación, en agosto.
¿Cómo fue volver a tocar después de la fractura?
Por salvar el instrumento me rompí la mano con la que tenía pensado tocarlo. El hueso tiene un nombre muy gracioso, el ganchoso metacarpiano. Yo estaba muy deprimido, pero el nombre me hacía reír. Después fueron dos clavitos y mucha rehabilitación. Al principio no podía ni vestirme. Fue muy duro, loco. La inmovilidad te saca la tonicidad muy rápido, así que cuando me sacaron todo la mano no era de bajista. Se me había ido el callito, la tenía blandita y sentía un hormigueo horrible al tocar. Todavía me tironean los huesos y no puedo cerrar la mano para hacer un puño, pero estoy logrando bastante. No estoy cien puntos, pero puedo tocar lo que quiero.
¿Y el disco del trío?
Está por la mitad. La guitarra y la batería están, y también los teclados que tocó Augusto Durañona como invitado en algunos temas. Hay cuatro temas terminados. Yo ahora podría grabarlo tranquilamente, lo que pasa es que es difícil coincidir los tres. Y no se trata solo de ir a la sesión. Me encantaría que nos juntemos y toquemos en privado varias veces antes.
O sea que falta lo suyo, el bajo, justo lo que la caída puso en pausa. «Algo así», se ríe Malosetti. La primera cita funcionó, la relación está en su mejor momento y la mano ya responde. Lo que viene es lo que hacen todas las parejas que se toman en serio, que es encerrarse un tiempo a solas, sin apuro, hasta que el disco quede como el trío ya suena en vivo.






