A veces las canciones más famosas nacen de un apuro. En junio de 1970, Black Sabbath estaba grabando su segundo disco en los Island Studios de Londres y descubrió que le faltaban unos tres minutos para completar el álbum. «Básicamente necesitábamos un relleno», recordó años después el bajista Geezer Butler. Entonces Tony Iommi apareció con un riff.
Lo que siguió fue rápido. Según el baterista Bill Ward, empezaron a la una y media de la tarde y a las dos ya tenían la canción tal como quedó en el disco. Butler escribió la letra a toda velocidad y Ozzy Osbourne la cantó leyéndola del papel. La grabaron el 16 de junio de 1970, con el productor Rodger Bain, en vivo en el estudio, como casi todo el álbum.
No todos estaban convencidos. A Butler y a Ozzy el riff les sonaba demasiado parecido a «Communication Breakdown» de Led Zeppelin y no querían grabarlo. Iommi los convenció, y Butler terminó admitiendo que se había equivocado.
La canción es casi una lección de economía. Dura menos de tres minutos, está armada solo con power chords y su solo de guitarra suena limpio por un canal y deformado por un modulador en anillo por el otro. Butler escribió una letra sobre la depresión y la incapacidad de conectar con los demás, muy lejos de cualquier canción de amor de la época.
Paranoid salió como single en agosto de 1970 por Vertigo y llegó al cuarto puesto en Gran Bretaña. Fue el primer tema de la banda en entrar en los rankings británico y estadounidense, y en Alemania y Dinamarca llegó al número 1. El éxito fue tal que cambió el nombre del disco, que iba a llamarse «War Pigs». El sello eligió «Paranoid» porque le pareció menos polémico.
Con el tiempo se convirtió en una de las canciones fundacionales del heavy metal. Rolling Stone la ubicó 13ª entre las 100 mejores del género y la versionaron desde The Dickies y Megadeth, que fue nominada al Grammy con su versión, hasta Weezer. En los setenta tuvo hasta una versión en alemán, «Der Hund von Baskerville», con letra sobre Sherlock Holmes.
En Finlandia, gritar «¡Paranoid!» en cualquier recital, toque quien toque, es un lema que se repite desde hace décadas. Para un tema escrito en media hora para llenar un hueco, no está nada mal.









